Lorraine-Dietrich B3-6.
#6 Robert Bloch (F) y André Rossignol (F).
IV Grand Prix d’Endurance les 24 Heures du Mans 1926.
Categoría: S 5.0 - Sportscars 3001 - 5000 cc.
Winner, 1st general, 2552,414 km.
Resina RTR de Le Mans Miniatures (F).
Ref. LMM-132113/6M.
(Colección Slot 132 de Mulsanne Stone).
Cuando el sol despuntaba sobre La Sarthe aquella mañana de junio de 1926, pocos podían imaginar que el nombre Lorraine-Dietrich quedaría grabado para siempre en la historia de las 24 Horas de Le Mans. La prueba, apenas en su cuarta edición, vivía aún en un estado de virginal descubrimiento, sin las sofisticadas estrategias ni la maquinaria industrial que caracterizaría décadas posteriores. Pero lo que sí tenía era pasión, rudeza mecánica, arriesgados pilotos con nervios de acero… y coches capaces de desafiar la lógica. Entre ellos, el protagonista de aquella jornada: la Lorraine-Dietrich B3-6 con el dorsal #6, pilotado por la dupla imbatible de Robert Bloch y André Rossignol.
La marca Lorraine-Dietrich había trabajado durante años para pulir una fórmula que combinaba elegancia, robustez y velocidad. La base técnica del modelo B3 ya se había mostrado competitiva en 1925, pero la marca francesa decidió no dormirse: mejoró el chasis, optimizó la refrigeración y afinó el motor para afrontar 24 horas que solían convertirse en una carnicería mecánica. La clave seguía siendo el motor de seis cilindros en línea, un bloque de tres litros que, pese a su diseño clásico con válvulas en cabeza y carburación simple, ofrecía algo más importante que la potencia pura: una resistencia admirable. Entregaba unos 110-120 CV, suficientes para que el B3 rodara con solvencia a más de 145 km/h en los tramos rápidos del circuito, un valor notable en una época en la que no se trabajaba sobre la aerodinámica.
El coche mantenía un chasis de acero reforzado, rígido para su tiempo, montado sobre ejes rígidos y ballestas semielípticas. Las ruedas, de radios y calzadas con neumáticos Dunlop de alta resistencia, eran parte esencial del éxito: en un Le Mans donde los pinchazos solían decidir el destino de un equipo, Lorraine-Dietrich confiaba en una combinación probada cuyo equilibrio entre agarre y durabilidad resultó determinante. Los frenos, todavía de tambor en las cuatro ruedas y sin asistencia, exigían una finura de conducción que hoy parecería sobrehumana. Bloch y Rossignol supieron sacarles todo el jugo, gestionando la frenada para preservar temperaturas durante la larga noche.
El diseño del B3, sin ser revolucionario, estaba pulido hasta lo esencial. Una carrocería esbelta de torpedo carenado, faros modestos, una parrilla vertical bien delimitada y una zaga ligera que favorecía la distribución de pesos. Nada sobraba. Nada faltaba. Todo estaba pensado para rodar sin descanso, sin piezas frágiles que pudieran comprometer la estabilidad en plena madrugada. Era el concepto de resistencia previo a la resistencia moderna: simplificar para ganar.
La preparación para la carrera fue meticulosa. Lorraine-Dietrich había aprendido mucho del doblete conseguido el año anterior, pero para 1926 quería un golpe de autoridad. Los entrenamientos mostraron que el B3 era estable, rápido y dócil incluso con depósito lleno. Bloch, un piloto tan técnico como prudente, fue el encargado de marcar el ritmo, mientras que Rossignol aportaba una habilidad especial para mantener tiempos constantes durante horas. Su combinación sería letal. La clasificación no reveló el potencial real del coche, ya que en aquellos años se daba más importancia al ritmo sostenido que a una vuelta rápida, pero el equipo sabía que tenía entre manos una máquina capaz de algo grande.
La carrera fue un ejemplo cristalino de control y resistencia. Desde las primeras horas, el coche impuso un ritmo fluido, sin estridencias, evitando entrar en peleas inútiles con rivales más impetuosos, pero menos sólidos. La noche, tradicionalmente el momento en que se decidía Le Mans, se convirtió en el territorio de Rossignol, quien mantuvo el coche en tiempos brillantes y sin cometer el más mínimo error. Los repostajes y cambios de neumáticos fueron quirúrgicos, fruto de una preparación que empezaba a adoptar procedimientos casi industriales.
Al amanecer, no es raro que parte del circuito esté envuelto en niebla. Por eso, el equipo Lorraine-Dietrich añadió una tercera luz “antiniebla” en el centro de su parrilla, lo que les valió el apodo de "Cíclope". Probablemente, esto también contribuyó a su aplastante victoria, recorriendo más de 2500 km. En efecto, a medida que amanecía, quedó claro que La Lorraine-Dietrich no solo dominaba, sino que había pulverizado cualquier amenaza real.
Terminaron la carrera con una autoridad pasmosa, firmando no solo la victoria absoluta, sino completando un triplete con otros dos B3 del equipo oficial. Aquello fue mucho más que una simple victoria: fue la confirmación de Lorraine-Dietrich como la primera marca verdaderamente dominante de Le Mans. El B3 ganador se convirtió en el símbolo de un periodo en que la resistencia premiaba la fiabilidad, la inteligencia y el diseño sobrio pero eficaz.
El legado de la Lorraine-Dietrich es profundo. Marcó el camino que después seguirían Bentley, Alfa Romeo y Bugatti en la década siguiente: coches rápidos, sí, pero sobre todo sólidos. Su motor de seis cilindros en línea se convirtió en referencia para los ingenieros de la época, y su chasis demostró que la robustez bien entendida era tan importante como cualquier aportación revolucionaria. Aunque la marca desaparecería del panorama deportivo pocos años después, su impacto perduró en la carrera más prestigiosa del mundo.
Tras alzarse con la victoria, Robert Bloch preguntó si podía comprarlo. Lo utilizó en carretera hasta 1931, cuando fue adquirido por la familia Roux, siendo propietarios del magnífico ganador de Le Mans de 1926 durante más de cuatro décadas. En la década de los 70, un propietario posterior investigó a fondo el coche y confirmó que efectivamente era el ganador. Aún en manos francesas, también estuvo expuesto durante muchos años en el Museo de Sarlat.
Hoy, el coche vencedor de 1926 es un tesoro histórico. El ejemplar del B3-6 #6 se conserva cuidadosamente restaurado y expuesto en el Musée de l’Aventure Automobile en Mulhouse (Alsacia, Francia), donde sigue siendo uno de los grandes reclamos para los aficionados. Su presencia imponente, con esa mezcla de elegancia y rudeza mecánica, sigue recordando que hubo una época en que ganar Le Mans era una cuestión de valentía técnica, instinto humano y una fe inquebrantable en la maquinaria francesa. El Musée de l’Aventure Automobile es un espacio complementario asociado a la Cité de l’Automobile, que es el gran museo nacional del automóvil francés, cuyo núcleo principal es la Collection Schlumpf.







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